martes, 29 de noviembre de 1994


 

 

COLECCIÓN PRÓCERES DE VENEZUELA

                  PEDRO EMILIO ARENAS RUEDA                I


HOMENAJE AL GRAN HUMANISTA
 DON ANDRES BELLO






PRIMERA  EDICIÓN






Aguas Calientes, noviembre del 1994




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ISBN: 980-330-003-2  ( Obra Completa )
ISBN: 980-333-004-0  ( Tomo I )

 

 

AGRADECIMIENTOS

       Mis más sinceros agradecimientos a quien con su apoyo han hecho realidad la publicación de esta bella obra literaria en homenaje a ese gran hombre como lo fuera Don Andrés Bello, quien dio lo mejor de su vida por el bienestar de la Juventud Mundial.

DEDICATORIA

                                A mi madre,
                                A mis hermanos,
                                A mis hijas,
                                Pilares fundamentales
                                para que se realizará esta obra.  



HOMENAJE AL GRAN HUMANISTA
 DON ANDRES BELLO




PROLOGO


   Pensamos todos, que a través de la historia el hombre evoluciona; pero las nuevas generaciones en especial la juventud, ha detenido sus pasos en oír ensordecedores conciertos, ver programas televisivos sin ningún fondo cultural, utilizar  el “lock” de onda, etc., es decir, una serie de ideologías “platónicas” que dejan en el individuo la llamada “desnutrición mental” que en Venezuela y toda América Latina fomentará la cadena que oprime la libertad, no de los pueblos; sino de la mente que siempre observa el ambiente a través de una mira extranjera.

   Catalogo de injusto que en pleno siglo XXI existan hombres con la mentalidad de niños que siempre añoran un juguete (Importado) porque el carrito de madera o la muñeca de trapo que sus padres le hacen están “fuera de moda”.

   Esos “sofismas” son lo que al individuo no le permite su desarrollo.
        
   Me inquieta la idea de perder nuestros valores como humanos que somos, de saber que existieron “próceres” que le dieron significado a la patria en que vivimos y aún no los conozcamos, que sus pasos sólo sean el encuentro de un pasado lejano y que nuestra memoria no es capaz de abrigar esas vivencias, sino, cuando los vemos en llamativas carteleras o simplemente detallamos una ofrenda ante los pies de una estatua sin percatarnos que se celebraba en ese momento.
   Por todas estas incertidumbres que cobijan mis   pensamientos me he  atrevido a desempolvar ese pasado y dar a conocer a la juventud de hoy y la del mañana la trayectoria de grandes hombres que dieron la luz del entendimiento a la humanidad y que dejaron huella en ésta pequeña parte del mundo llamada Venezuela.
  
   Han de observar, que a través de los tomos se hace énfasis en las biografías y obras de prócer, tratando de que el lector ahonde en puntos interesantes manteniendo a su vez el entusiasmo por la lectura.

   Agradezco también toda opinión acerca de la obra, para poder así recapacitar y enmendar cualquier error que como humano cometa; les deseo que estas pequeñas líneas sean de gran utilidad para poder lograr así mi  meta trazada.

“Revivir en la memoria de los
hombres, el recuerdo del ayer”.

                                          El Autor




INTRODUCCIÓN AL TOMO I


   Esta Obra ha sido realizada como un  homenaje al gran humanista y padre de las Letras Americanas, don Andrés Bello. Quién se forzó todo el tiempo por la educación de la juventud americana, dejando también como  herencia sus famosas obras literarias y un gran ejemplo de tenacidad, deseos de formación, de estudio y servicio a los demás miembros de su comunidad.

   El objetivo primordial de esta obra es el de profundizar en la vida de ese gran hijo ilustre de Venezuela en los 213 años de su natalicio, quien le dio renombre a su patria en el exterior y dedicará toda su vida a las Letras.

   La Biografía narra de manera sencilla los episodios que más le han dado renombre a Don Andrés Bello. Para su deleite se presentan algunas poesías y silvas que le han otorgado la categoría de poeta y critico del pensamiento humano, en donde entreteje el sentir propio y de la naturaleza, para así dar armonía a sus composiciones.
          
    
                                                                                                                                        El Autor

                                                                      

     La educación del pueblo, es uno de los objetos

más importantes y privilegiados a que pueda dirigir
su atención el gobierno como base de todo sólido progreso”.



El 29 de noviembre  del 1781,  nace en  Santiago de León de Caracas, el gran Humanista y políglota don Andrés  Bello, en  la  casa  de  su abuelo materno  el  pintor  Juan Pedro López.  Sus padres Bartolomé Bello, abogado de la audiencia de Caracas, y doña  Ana  Antonia López.   Su  infancia la pasó en su ciudad  natal, sus estudios los realizó bajo la dirección del destacado latinista, el  religioso  Fray Cristóbal de Quesada, y los sacerdotes José Antonio Montenegro y Rafael de Escalona. Tenía apenas 13 años, cuando Bello, un joven de agradable presencia y finos modales, impartía clases particulares de gramática y geografía a sus compañeros de estudios, hijos de familias adineradas uno de ellos fue Simón Bolívar, tan solo dos años más joven que él; le va a dar clases de Bellas Artes y Geografía Universal. Pues, desde su más corta edad ya sobresalía de manera brillante por sus conocimientos. Sin embargo, esta enseñanza a Bolívar duró poco tiempo, apenas tres años. Bello por ser el mayor de ocho hermanos tuvo que trabajar desde muy joven.

En 1797 don Andrés Bello aprueba con buenas calificaciones sus estudios, ganando un premio de oratoria. Ese mismo año se inscribe en la Real Pontificia Universidad de Santa Rosa de Lima, donde cursó filosofía y se graduó de bachiller en Artes, el 24 de febrero de 1800; a los 20 años se inclinaba simultáneamente por la abogacía y la medicina. Pero no tuvo tiempo para acercarse a la Universidad, la repentina muerte de su padre, lo forzó a interrumpir sus estudios y seguir dando clases particulares, para al final emplearse como Oficial de Secretaria de Estado en 1802, nombrado por el Capitán General Don Manuel de Guevara, luego en 1807 asciende como Comisario de Guerra. Ninguno de esos altibajos contuvo su fiebre de hombre erudito;  con el gran auxilio de una vieja gramática aprendió el idioma francés; traduciendo al filosofo John Locke, consiguió dominar no sin cierta dificultad el inglés. En las largas noches de invierno rodeado de su escuálida biblioteca empezar su  peregrinaje hacia los tratados de historia y para finalizar sus  ansias de investigación y lectura  terminaba ejercitándose con el  griego y el latín. Es sumamente curioso que en una aldea – en  esa  época – de no más de 10.000 personas sumida en una pronunciada hondonada y a miles de leguas de  los cetros industriales y círculos donde brillaba el sol de la cultura, surgiera un Humanista cuya estatura fuera comparable a la de los grandes maestros que dictaban cátedra en Europa.

      El 11 de julio de 1810, don Andrés Bello hace su entrada en Londres, junto  con Simón Bolívar y Luis López Méndez, quienes formaban parte de una comisión enviada a Londres por la Junta Suprema de Caracas, para solicitar ayuda del Gobierno Inglés para obtener la independencia.  Las gestiones realizadas en Londres no tuvieron mucho éxito, Simón Bolívar y Luis López Méndez regresaron a Venezuela y don Andrés Bello decide permanecer en Inglaterra y dedicarse al desarrollo de su obra literaria, quedando allí como Secretario de la Embajada Oficial del Gobierno Revolucionario de Venezuela ante la Corona Inglesa; su misión consistía nada menos que secundar a los Emisarios Simón Bolívar y Luis López Méndez. Desgraciadamente el escaso sueldo que devengaba casi siempre le llegaba tarde y la mayoría de veces nunca. Dadas todas estas circunstancias su trabajo com0o diplomático fue convirtiéndose en exilio.

      En 1814, repentinamente decide contraer matrimonio con una dama Inglesa: Mary Ann Boland, de la que enviudaría siete años más tarde y de quien tuvo seis hijos varones. Para 1821, don Andrés Bello ya había fundado la Biblioteca Americana y una Revista que serviría de ensayo general para el “Repertorio Americano”.  En febrero de 1821, la definitiva muerte de la “Biblioteca Americana” pesaba como un lastre sobre el ánimo de don Andrés y su compañero en la aventura periodística el neogranadino Juan García del Río, como empresa la experiencia había resultado desdichada. La mayoría de ejemplares enviados a América tardó en cobrarse o no se cobró nunca. En compensación, se extendió la hospitalidad que les brindaron los emigrados españoles que huían de la represión de Fernando VII.       


      Desde febrero de 1825, trabaja como Secretario de la Delegación de Colombia, pero el centro de sus obsesiones era el regreso a su patria. Las esperanzas para don Andrés, estaban pérdidas, pues la influencia de Bolívar se debilitaba en Colombia, “La República Expirante”, como el propio Libertador la llamaba en una de sus cartas al Diplomático José Fernández Madrid, donde le decía que no podía auxiliar a don Andrés. Cuando el maestro le explicaba que la lejanía de su patria es un peso que no puede seguir soportando, y le ruega que interceda por él para que le den cobijo en la misma patria, Bolívar le responde; “Yo no estoy encargado de las relaciones exteriores, pues el General Santander es  el que ejerce el Poder Ejecutivo.  Desde luego, yo le recomen-daría el reclamo de usted; pero mi influjo para con el es muy débil, y nada obtendría”.  – Bello, confundido por las noticias sobre la omnipotencia de Bolívar que llegaban a Londres, creyó que el Libertador se desentendería de su suerte, y tardó más de dos décadas en zafarse del amargo resentimiento que le suscito aquella respuesta. Pero Simón Bolívar –era verdad– había entrado en el ocaso.

      La idea de “El Repertorio Americano” empezó a invadirlo como una fiebre incurable. Era el puente a través del cual educaría a los hijos de su patria, la herramienta que le permitiría abrir los “nuevos canales de civilización”. Londres, era  en verdad, la perfecta caja de resonancia para una empresa de esa índole. El propio Bello sostenía que “en ninguna parte del globo era más libre el vuelo del ingenio” y “más animosas las tentativas de las artes”.

      Ya a mediados del año 1826, don Andrés Bello López tenía 46 años, desdichadamente, se veía como un viejo incurable. Aún antes de cumplir los 40 años, había escrito un patético lamento: “No para mi del arrugado invierno rompiendo el duro centro, vuelve mayo la luz del cielo, a su verdor la tierra”. Mientras tanto, Londres se iba transformando lentamente en la esplendorosa ciudad victoriana que describían Carlyle y Tackeray; asomaban las primeras líneas de ferrocarril, las lámparas de gas ahuyentaban la tristeza de las calles de la gran ciudad, y la creación de una fuerza policial imponía sosiego a las grandes turbas de menesterosos y ladrones que infestaban el centro de la metrópoli. Las casas donde habitó don Andrés Bello, lamentablemente, siempre fueron en sitios marginales. Primero se situó en Somers Twon, de donde no lograron arrancarlo de sus múltiples mudanzas; luego en la época del “Repertorio Americano”, se alejó aún más hacia Hampstead Road, donde empezaba a darse cita los emigrados liberales de España. Sin embargo, desde hacia dos años estaba casado con Isabel Dunn, y uno de sus hijos, el menor, había muerto hacia cinco años. Don Andrés Bello – el extraño maestro – vestía con tal humildad, que sus ropas  brillaban por el roce de los años, e igual-
mente servía en tiempo de verano como en el frío invierno. Sin embargo, su timidez y reserva eran tan desconcertantes que algunos los creían motivo de orgullo, y otros, astucia. Pese a la gravedad de sus problemas económicos, jamás contaba a su nueva esposa los apremios que padecía, y sólo en las cartas que a Bolívar o a Irrisarri, en Chile, accede a desahogarse.
         
El 1° de Octubre de 1826 apareció el primer número del “Repertorio Americano” y el segundo estaba previsto para el 1° de Enero siguiente. La correspondencia de aquellos días estaba obsesivamente poblada por una misma frase: “Aconséjenos,  Señor, el mejor modo de conducir esta obra y hacerla útil a los Americanos”. Londres era sólo el vehículo; la verdadera mirada se volvía hacia América. El “Repertorio” tenia alrededor de 300 páginas; en lugar de un trabajo de equilibrio entre Bello y García del Río, aquí el venezolano se convierte en la figura dominante, en la voz que imponía el tono, el sentido y de la vastedad de su erudición a toda la empresa. Basta señalar, por ejemplo, que por si solo escribe más páginas que todos los colaboradores juntos, y si bien  la  mayor parte de sus artículos y poemas  no  están firmados
– como era costumbre –, es fácil reconocer su sello en la reseña bibliográfica de Ivanhoe, en la novela de W. Scott, y en la noticia a las “poesías”  del “joven habanero” José maría de Heredia. Pero el eje de aquella mágica tormenta, fue en verdad la “Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida”, incluida en la primera sección de la Revista. Ya no se asomaba allí el poeta neoclásico que se complacía en su parentesco con Virgilio y que había suspendido el aliento de los lectores americanos, exactamente tres años más tarde con una “Alocución a la Poesía”. El Bello de la “Silva a la Agricultura” era un romántico cauteloso, cuya pasión no se demoraba en descripciones botánicas que aún ahora conservan intacta la belleza. Todo el poema era una encendida maldición contra las falsías de la ciudad y una exaltación de la vida campesina.  – Así como la descomunal erudición científica y gramática de don Andrés bello ha sido redescubierta por los matemáticos, geógrafos y lingüistas de la post-guerra ¿qué impide ahora arrebatar la “Silva” de las sagradas cenizas donde duerme y redescubrir su intacta sensualidad, el lujo de sus palabras, la fiebre latinoamericana que desata en cada una des sus líneas,  como si el Continente entero estuviera recostado en ellas?– Es imperiosa la revisión de un texto condenado a la desgracia de las Bellas Letras y por lo tanto, convicto de aburrimiento y de vejez. A través de su lectura, se rescatara la vigilia – todavía en pie – de un pobre exiliado que gastaba su raído palto en los sillones del British Museum, hace muchísimos años, y que sentía en cada movimiento de su corazón en cada estación de su sabiduría, aflorar la nostalgia de una patria con la que ya jamás podría encontrarse, (3).
                       
          Bien vale la pena analizar el siguiente aparte tomado de una carta enviada a don Andrés Bello, por el Libertador Simón Bolívar.

                                                   Caracas, 14 de febrero de 1827     

          “No  perdone  ninguna  medida,  ni  ahorre  ningún sacrificio 
          para  lograr  el  objeto que me proponía en honor a nuestro
          hombre”,(4).

          Don Andrés Bello,  llega a Chile por la azarosa amistad que lo uniera a don Antonio José de Irrisarri, el 14 de febrero de 1829, (5). El 17 de septiembre del año 1843, Bello funda la Universidad de Santiago de Chile, de la que fue su primer Rector, él la hizo surgir, le trazo el rumbo en el inolvidable discurso inaugural, le insuflo su amor de la sabiduría y su inagotable voluntad de servicio al país y le trazó un programa nacional y un destino americano.
       
          Para afianzarla y servirla realizo en gran parte aquella obra pedagógica nacional demostrando una gran tenacidad para el logro de su meta. La lengua, la ley, la cultura, la ciencia, el arte, la búsqueda de la antigüedad americana y el cultivo de la vocación creadora, fueron su predica constante y su ejemplo,(6).

          Don Andrés Bello, fue maestro ejemplar, pedagogo de pensamiento elevado, jurista creador y perspectiva histórica, un legislador de profundos conceptos, poeta de extraordinario y alto vuelo, filólogo audazmente revolucionario, excelente sociólogo e historiador y periodista reflexivo, en otras palabras un gran erudito, con una cultura ecuménica, increíble para esa época.

          Aunque Bello no fue sociólogo, dentro de lo que significa la acepción de la palabra, supo imprimir en sus obras un claro concepto de equidad. Todos los estudiosos afirman también, que su conocido poema “La Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida” es un pronunciamiento social. 

          Donde Bello demostró su enorme capacidad creativa, fue en el campo de la jurisprudencia donde sus obras llenaron siete voluminosos libros. Dos libros dedicados al Proyecto de Código Civil; tres al Derecho Internacional, y los demás a otras ramas del derecho.    

          Su excelente erudición y disciplina intelectual que demostró durante su fecunda existencia, hacen de don Andrés Bello un gigante de la inteligencia,  consagrado a la revolución del idioma, a la perfección del pensamiento humano y al progreso de la jurisprudencia con un conjunto de leyes que no ha podido ser superadas a pesar del avance legislativo en los últimos años. 

                   Del permanente estío de su trópico caraqueño había ido a apaciguarse al frío clima de Londres para llegar al largo y atenuado otoño de Santiago.  Sobre la gran ciudad casi al fondo de las avenidas se alzaba la mole nevada de los Andes, sin caminos ni vida salvaje. Un frío viento pasaba por los australes árboles que rodeaban Santiago.     

          Había dado una larga y fastidiosa vuelta por el Estrecho de Magallanes para llegar hasta la espalda de la cordillera de los andes en la estoica soledad Chilena. Un enorme rebaño de montañas nevadas seguían hasta el más remoto norte hasta anudarse en Pamplona y a estirar un musculoso brazo en tierras venezolanas.
          Pero toda esa lejanía no fue para afligirlo, sino más bien para exaltarlo en la búsqueda de lo perdurable, lo viviente y lo promisor. Convierte la sala de su rectorado vitalicio en el proscenio del drama americano para planificar los grandes temas de su hora. Habló por todos y para todos los allí presentes, como si a todos los pueblos hermanos los hubiese tenido frente a él en su aula, donde impartía su charla. Confirma la lengua común, el cual era el “medio provincial de comunicación”, la situación común de aquellos días, el sentido común y las tareas comunes.
           En la hermosura de la sala del consejo, solo en el muro testero, preside la reunión de los vivos y las efigies de los maestros de antaño, el noble retrato que pintara Monvoisin. Despejada la frente, claros y serenos los ojos, como mirando hacía un horizonte que sabía seguro y cumplido. Frente al sillón del rector está la vieja escribanía de nogal que usaba don Andrés, mientras estuvo como rector de la Universidad de Santiago de Chile.
          No debemos olvidar aquella celebre carta que en 1845, enviara a su hermano Carlos, desde Santiago de Chile: “¡ Cuantas veces fijo la vista en el plano de Caracas, que me remitiste, creo pasearme imaginativamente, por sus calles, buscando en ellas las casas conocidas y preguntándoles por los amigos, los compañeros que ya no existen!  ¡Ay! ¿Todavía alguien se acuerda de mi ?.  Fuera  de mi familia,
muy pocos, sin duda, y si yo me presentase otra vez en Caracas, seria poco menos extranjero que un francés o inglés que por primera vez la visitase. Mas aún con esta triste idea, daría la mitad de los que me resta de vida por abrazarlos, por ver el Catuche, el Guaire, por arrodillarme, sobre las losas que cubren los restos de tantas personas queridas. Tengo todavía presente la ultima mirada que dí a Caracas desde el camino de la Guaira. ¡Quien me hubiera dicho que en efecto era la ultima vez?”,(7).     
          Los laboriosos y fecundos treinta seis años de la culminación y el final de su vida se los dio a su América desde su Chile de adopción. Don Andrés Bello, murió en Santiago, el 15 de octubre de 1865, a los 84 de edad.
         
                      







POESIAS

 Y

 

SILVA





Don Andrés Bello




                       EL VINO Y EL AMOR

                                            
                                 - Hijo alado
                                         de Dione,
                                       no me riñas,
                                       si te digo
                                       que los goces
                                       no me tientan
                                       de esos pobres
                                       que mantienes
                                       en prisiones.

                           Hechiceros,
                                       ¿Quién lo niega?
                                       son los ojos
                                       de Filena;
                                       pero mira

                          como el néctar

                          delicioso

                                       de Madera
                                       en la copa
                                       centellea.

                                          Tu prometes
                                       bienandanza;
                                       más, ¿lo cumples?
                                       ¡Buena alhaja!
                                       De los necios
                                       que sonsacas,
                                       unos llevan
                                       calabazas;
                                       otros viven
                                       de esperanzas;
                                       cuál se queja
                                       de inconstancia;
                                       cual en celos
                                       ¡Ay! Se abrasa.
                                       Baco alegre,
                                       Tu no engañas.

                                          Hace el vino
                                       maravillas;
                                       esperanzas
                                       vivifica;
                                       da al cobarde
                                       valentía;
                                       a los rudos,
                                       ¡cómo inspira!
                                       Aunque gruña
                                       la avaricia,
                                       tu le rompes

                            la alcancía.

                                       Y otra cosa,
                                       que a tu lima
                                       no hay secretos
                                       que resistan.

                                          Los amantes
                                       infelices
                                       por las selvas
                                       y jardines
                                       andan siempre
                                       de escondite;
                                       cabizbajos
                                       lloran, gimen;
                                       más ¡cuan otro
                                       quien te sirve!
                             Dios amable
                                       de las dives.
                                       Compañeros
                                       apercible
                                       que en su gozo
                                       participen.
                                       Cantan, beben,
                                       bullen, rien.

                            - Más Filena,

                                       ¿no te mueve?
                                       - Niño alado,
                                       vete, vete,
                                       - Sus miradas
                                       inocentes,
                                       sus amables
                                       esquiveces...
                                       - ¿No te marchas,
                                       alcahuete?...
                                       -Sus mejillas,
que parecen
                                       frescas rosas
                                       entre nieves...
                                       - Cupidillo,
                                       no me tientes.

                                          - Sola ahora
                                       por la calle
                                       se pasea
                                       de los sauces,
                                       y las sombras
                                       de la tarde
                                       van cundiendo
                                       por el valle,
                                       y la sigue
                                       cierto amante
                                       que maquina
                                       desbancarte.

                                          - ¿Tirsi acaso?
                                       - Tú lo has dicho.
                                       - Oye, aguarda,

                           ya te digo.

                          Compañeros
                                       me retiro.
                                       Vuelo a verte,
                                       dueño mío.


                               EL ANAUCO


                                       Irrite la codicia
                                   por rumbos ignorados
                                   a la sonante Tetis
                                   y bramadores austros;
                                   el pino que habitaba
                                   del Betis fortunado
                                   las márgenes amenas
                                   vestidas de amaranto,
                                   impunemente admire
                                   los deliciosos campos
                                   del Ganges caudaloso,
                                   de aromas coronado.
                                   Tú, verde y apacible
                                   ribera del Anauco,
                                   para mí más alegre,
                                   que los bosques idalios
                                   y las vegas hermosas
                                   de la placida pafos,
                                   resonaras continuo
                                   con mis humildes cantos;
                                   y cuando ya mi sombra
                                   sobre el funesto barco
                                   visite del Enebro
                                   los valles solitarios,
                                   en tus umbrías selvas
                                   y retirados antros
                                   erraré cual un día,
                                   tal vez abandonado
                                   la silenciosa margen
                                   de los estigios lagos.
                                   La turba dolorida
                                   de los pueblos cercanos
                                   evocará mis manes
                                   con lastimero llanto;
                                   y ante la triste tumba,
                                   de funerales ramos
                                   vestida, y dolorosa
                                   con perfumes indianos,
                                   dirá llorando Filis:
                                   “Aquí descansa Favio”
                                   ¡Mil veces venturoso!
                                   Pero, tú, desdichado,
                                   por bárbaras naciones
                                   lejos del clima patrio
                                   débilmente vaciles
                                   al peso de los años.
                                   Deroven tu cadáver
-                                   los canes sanguinarios
                                   que apacienta Caribdis
                                   en sus rudos peñascos;
                                   ni aplaque tus cenizas
                                   con ayes lastimados
                                   la pérfida consorte
                                   ceñida de otros brazos

                                            MIS DESEOS

                               ¿Sabes, rubia, que gracia solicito
                       cuando de ofrendas cubro los altares?
                       No ricos muebles, no soberbios lares,
                       ni una mesa que adule al apetito.

                               De Aragua a las orillas un distrito
                       que me tribute fáciles manjares,
                       de vecino a mis rústicos hogares
                       entre peñascos corra un arroyito.

                               Para acogerme en el calor estivo,
                       que tenga una arboleda también quiero,
                       do crezca junto al sauce el coco altivo.

                                 ¡Felice yo si en este albergue muero;
                       y al exhalar mi aliento fugitivo,
                       sello en tus labios el adiós postrero!


ALOCUCIÓN A LA POESIA


FRAGMENTOS DE UN POEMA TITULADO


“AMERICA”

I


                           Divina Poesía,
                        tú  de la soledad habitadora,
                        a consultar tus cantos enseñanza
                        con el silencio de la selva umbría
                        tú a quien la verde gruta fue morada,
                        y el eco de los montes compañía;
                        tiempo es que dejes ya la culta Europa,
                        que tu nativa rustiquez desama,
                        y dirijas el vuelo a donde te abre
                        el mundo de Colón su grande escena.
                        También propicio allí respeta el cielo
                        la siempre verde rama
                        con que al valor coronas;
                        también allí la florecida vega,
                        el bosque enmarañado, el sesgo río,
                        colores mil a tus pinceles brindan;
                        y Céfiro revuela entre las rosas;
                        y fúlgidas estrellas
                        tachonan la carroza de la noche;
                        y el rey del cielo entre cortinas bellas
                        de nacaradas nubes se levanta;
                        y la avecilla en no aprendidos tonos
                        con dulce pico endechas de amor canta.

                           ¿Qué a ti, silvestre ninfa, con las pompas
                        de dorados alcánzares reales?
                        ¿A tripular también irás en ellos,
                        en medio de la turba cortesana,
                        el torpe incienso de servil lisonja?
                        No tal te vieron tus más bellos días,
                        cuando en la infancia de la gente humana,
                        maestra de los pueblos y los reyes,
                        no te detenga, oh diosa,
                        esta región de luz y de miseria,
                        en donde tu ambiciosa
                        rival Filosofía,
                        que la virtud a calculo somete,
                        de los mortales te ha usurpado el culto;
                        donde la coronada hidra amenaza
                        traer de nuevo al pensamiento esclavo
                        la antigua noche de barbarie y crimen;
                        donde la libertad vano delirio,
                        fe la servilidad, grandeza el fasto,
                        la corrupción cultura se apellida.
                        Descuelga de la encina carcomida
                        tu dulce lira de oro, con que un tiempo
                        los prados y las flores, el susurro
                        de la floresta opaca, el apacible
                        murmurar del arroyo transparente,
                        las gracias atractivas
                        de Natura inocente, 
                        a los hombres cantaste embelesados
                        y sobre el vasto Atlántico tendido
                        las vigorosas alas, a otro cielo,
                        a otro mundo, a otras gentes te encamina,
                        do viste aún su primitivo traje
                        la tierra, al hombre sometida apenas;
                        y las riquezas de los climas todos
                        América, del sol joven esposa,
                        del antiguo Océano hija postrera,
                        en su seno feraz cría y esmera.

                             ¿Qué morada te aguarda? ¿Qué alta cumbre,
                        que prado ameno, que repuesto bosque
                        harás tu domicilio? ¿en que felice
                        playa estampada tu sandalia de oro
                        será primero? ¿Dónde el claro río
                        que de Albión los héroes vio humillados,
                        los azules pendones reverbera
                        de Buenos Aires, y orgulloso arrastra
                        de cien potentes aguas los tributos
                        al atónito mar? ¿o donde emboza
                        y la ciudad renace de Losada?
                        ¿O más te sonreirán, Musa, los valles
                        de Chile afortunado, que enriquecen
                        rubias cosechas, y suaves frutos;
                        de la inocencia y el candor ingenuo
                        y la hospitalidad del mundo antiguo
                        ¿O la ciudad que al águila posada
                        y el suelo de inexaustas venas rico,
                        que casi hartaron la avarienta Europa?
                        Ya de la mar del sur la bella reina,
                        a cuyas hijas  dio la gracia en dote
                        naturaleza, habitación te brinda
                        bajo su blanco cielo, que no turban
                        lluvias jamás, ni embravecidos vientos.
                        ¿O la elevada Quito
                        harás tu albergue, que entre canas cumbres
                        sentada, oye bramar las tempestades
                        bajo sus pies, y etéreas auras bebe
                        a tu celeste inspiración propicias?
                        Mas oye de tronado se abre paso
                        entre murallas de peinada roca,
                        y envuelto en blanca nube de vapores,
                        de vacilantes iris matizada,
                        los valles va a buscar del Magdalena
                        con salto audaz el Bogotá espumoso.
                        Allí memorias de tempranos días
                        tu lira aguardan; cuando, en ocio dulce
                        y nativa inocencia venturosos,
                        sustento fácil dio a sus mofadores,
                        primera prole de su fértil seno,
                        Cundinamarca; antes que el corvo arado
                        violase el suelo, ni extranjera nave
                        las apartadas costas visitará.
                        Aún no aguzado la ambición había
                        el hierro atroz; aún no degenerado
                        buscaba el hombre bajo oscuros techos
                        el albergue, que grutas y florestas
                        saludable le daban y seguro,
                        sin que señor la tierra conociese,
                        los campos valla, ni los pueblos muro.
                        La libertad sin leyes florecía,
                        todo era paz, contento y alegría;
                        cuando de dichas tantas envidiosa
                        Huitaca bella, de las aguas Diosa,
                        hinchado el Bogotá, sumerge el valle.
                        De la gente infeliz parte pequeña
                        asilo halló en los montes;
                        el abismo voraz sepulta el resto.
                        tu cantarás como indigno el funesto
                        estrago de su casi extinta raza
                        a Nenqueteba, hijo del sol; que rompe
                        con su cetro divino la enriscada
                        montaña, y a las ondas abra calle;
                        el Bogotá, que inmenso lago un día
                        de cumbre a cumbre dilató su imperio,
                        de las ya estrechas márgenes, que asalta
                        y culto dio; después que la maligna
                        ninfa mudó en lumbrera de la noche,
                        y de la luna por la vez primera
                        surcó el Olimpo el argentado coche.

                             Ve, pues, ve a celebrar las maravillas
                        del Ecuador: canta el vistoso cielo
                        que de los astros todos los hermosos
                        coros alegran; donde a un tiempo el vasto
                        Dragón del norte su dorada espira
                        desvuelve en torno al iluminar inmóvil
                        que al rumbo al marinero audaz señala,
                        y la paloma cándida de Arauco
                        en las australes ondas moja el ala.
                        Si tus colores los más ricos mueles
                        y tomas el mejor de tus pinceles,
                        podrás los climas retratar, que entero
                        el vigor guardan genital primero
                        con que la voz omnipotente, oída
                        del hondo caos, hinchió la tierra, apenas
                        sobre su informe faz aparecida,
                        y de verdura la cubrió y de vida.
                        Selvas eternas, ¿Quién al vulgo inmenso
                        que vuestros verdes laberintos puebla,
                        y en varias formas y estatura y galas
                        hacer parece alarde de si mismo,
                        poner presumirá nombre o guarismo?
                        En densa muchedumbre
                        Ceibas, acacias, mirtos se entretejen,
                        vejucos, vides, gramas;
                        las ramas a las ramas,
                        pugnado por gozar de las felices
                        auras y de la luz, perpetua guerra
                        hacen, y a las raíces
                        angosto viene el seno de la tierra.

                             ¡Oh contigo, amable Poesía,
                        del Cauca a las orillas me llevará,
                        y el blando aliento respirar me diera
                        de la siempre lozada primavera
                        que allí su reino estableció y su corte!
                        ¡oh si ya de cuidados enojosos
                        exento, por las márgenes amenas
                        del Aragua moviese
                        el tardo incierto paso;
                        o reclinado acaso
                        bajo una fresca palma en la llanura,
                        viese arder en la bóveda azulada
                        tus cuatro lumbres bellas,
                        oh Cruz del Sur, que las nocturnas horas
                        mides el caminante
                        por la espaciosa soledad errante;
                        o del cocuy las luminosas huellas
                        viese cortar el aire tenebroso,
                        y del lejano tambo a mis oídos
                        viniera el son del yaraví amoroso!

                             Tiempo vendrá cuando de ti inspirado
                        algún Marón americano, ¡oh diosa!
                        también las mieses, los rebaños cante,
                        el rico suelo al hombre avasallado,
                        y las dadivas mil con que la zona
                        de Fedo amada al labrador corona;
                        donde cándida miel llevan las cañas,
                        y animado carmín la tuna cría,
                        donde tremola el algodón su nieve,
                        y el ananás  sazona su ambrosía;
                        de sus racimos la variada copia
                        rinde el palpar, da azucarados globos
                        el zapotillo, su manteca ofrece
                        la verde palta, da el añil su tinta,
                        bajo su dulce carga desfallece
                        el banano, el café el aroma acendra
                        de sus albos jazmines, y el cacao
                        cuaja en urnas de púrpura su almendra.
                        ..................................................................

                             Mas ¡ah! ¿Prefieres de la Guerra impía
                        los horrores decir, y al son del parche
                        pintar las huestes que furiosas corren
                        a destrucción,  y el suelo hinchen de luto?
                        ¡Oh si ofrecieres menos fértil tema
                        a bélicos cantares, patria mía!
                        ¡Que ciudad, qué campiña no ha inundado
                        la sangre de tus hijos y la ibera?
                        ¡Que páramo no dio en humanos miembros
                        pasto al cóndor? ¡Que rústicos hogares salvar
                        su oscuridad pudo a las furias
                        de la civil discordia embravecida?

Pero no en Roma obró prodigio tanto
                        el amor de la patria, no en la austera
                        Esparta, no en Numancia generosa;
                        ni de la historia de página alguna,
                        Musa, más altos hechos a tu canto.
                        ¡A que provincia el premio de alabanza,
                        o a que varón tributaras primero?

                             Grata celebra Chile el de Gamero,
                        que, vencedor de cien sangrientas lides,
                        muriendo, el suelo consagró de Talca:
                        y la memoria eternizar desea
                        de aquellos graneros de a caballo
                        que mandó de Chacamuro Necochea.
                        ¿Pero de Maipo la campiña sola
                        cuán larga lista, oh Musa, no te ofrece,
                        para que en tus cantares se repita,
                        de campeones cuya frente adorna
                        el verde honor que nunca se marchita?
                        Donde ganó tan claro nombre Bueras,
                        que con sus caballeros denodados
                        rompió el enemigo las hieleras;
                        y donde el regimiento de Coquimbo
                        tantos héroes contó como soldados.
                        ...............................................................

                             ¿De Buenos Aires la gallarda gente
                        no ves, que el premio del valor te pide?
                        Castelli osado, que las fuerzas mide
                        Con aquel monstruo que la cara esconde
                        sobre las nubes y a los hombres huella;
                        Moreno, que abogó con digno acento
                        de los opresos pueblos la querella;
                        Y tu que de Suipacha en las llanuras
                        diste a tu causa agüero de venturas,
                        Balcarce; y tu, Belgrano, y otros cientos
                        que la tierra natal de glorias rica
                        hicisteis con la espada o con la pluma,
                        si el justo galardón se os adjudica,
                        no temeréis que el tiempo le consuma.
                        ................................................................

                             Ni sepultada quedará en olvido
                        la paz que tantos claros hijos llora,
                        ni Santacruz, ni menos Chuquisaca,
                        ni Cochabamba,  que de patrio celo
                        ejemplos memorables atesora,
                        ni Potosí de minas no tan rico
                        como de nobles pechos, ni Arequipa
                        que de Vizcardo con razón se alaba,
                        ni a la que el Rimac las muralla.

                  

Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida

¡Salve, fecunda zona,
que al sol enamorado circunscribes
el vago curso, y cuanto ser se anima
en cada vario clima,
acariciada de su luz, concibes!
Tú tejes al verano su guirnalda
de granadas espigas; tú la uva
das a la hirviente cuba;
no de purpúrea fruta, o roja, o gualda,
a tus florestas bellas
falta matiz alguno; y bebe en ellas
aromas mil el viento;
y greyes van sin cuento
paciendo tu verdura, desde el llano
que tiene por lindero el horizonte,
hasta el erguido monte,
de inaccesible nieve siempre cano.
Tú das la caña hermosa,
de do la miel se acendra,
por quien desdeña el mundo los panales;
tú en urnas de coral cuajas la almendra
que en la espumante jícara rebosa;
bulle carmín viviente en tus nopales,
que afrenta fuera al múrice de Tiro;
y de tu añil la tinta generosa
émula es de la lumbre del zafiro.
El vino es tuyo, que la herida agave
para los hijos vierte
del Anahuac feliz; y la hoja es tuya,
que, cuando de süave
humo en espiras vagorosas huya,
solazará el fastidio al ocio inerte.
Tú vistes de jazmines
el arbusto sabeo ,
y el perfume le das, que en los festines
la fiebre insana templará a Lico.
Para tus hijos la procera palma
su vario feudo cría,
y el ananás sazona su ambrosía;
su blanco pan la yuca ;
sus rubias pomas la patata educa;
y el algodón despliega al aura leve
las rosas de oro y el vellón de nieve.
Tendida para ti la fresca parcha
en enramadas de verdor lozano,
cuelga de sus sarmientos trepadores
nectáreos globos y franjadas flores;
y para ti el maíz, jefe altanero
de la espigada tribu, hincha su grano;
y para ti el banano
desmaya al peso de su dulce carga;
el banano, primero
de cuantos concedió bellos presentes
Providencia a las gentes
del ecuador feliz con mano larga.
No ya de humanas artes obligado
el premio rinde opimo;
no es a la podadera, no al arado
deudor de su racimo;
escasa industria bástale, cual puede
hurtar a sus fatigas mano esclava;
crece veloz, y cuando exhausto acaba,
adulta prole en torno le sucede.
Mas ¡oh! ¡si cual no cede
el tuyo, fértil zona, a suelo alguno,
y como de natura esmero ha sido,
de tu indolente habitador lo fuera!
¡Oh! ¡si al falaz rüido,
la dicha al fin supiese verdadera
anteponer, que del umbral le llama
del labrador sencillo,
lejos del necio y vano
fasto, el mentido brillo,
el ocio pestilente ciudadano!
¿Por qué ilusión funesta
aquellos que fortuna hizo señores
de tan dichosa tierra y pingüe y varia,
el cuidado abandonan
y a la fe mercenaria
las patrias heredades,
y en el ciego tumulto se aprisionan
de míseras ciudades,
do la ambición proterva
sopla la llama de civiles bandos,
o al patriotismo la desidia enerva;
do el lujo las costumbres atosiga,
y combaten los vicios
la incauta edad en poderosa liga?
No allí con varoniles ejercicios
se endurece el mancebo a la fatiga;
mas la salud estraga en el abrazo
de pérfida hermosura,
que pone en almoneda los favores;
mas pasatiempo estima
prender aleve en casto seno el fuego
de ilícitos amores;
o embebecido le hallará la aurora
en mesa infame de ruinoso juego.
En tanto a la lisonja seductora
del asiduo amador fácil oído
da la consorte; crece
en la materna escuela
de la disipación y el galanteo
la tierna virgen, y al delito espuela
es antes el ejemplo que el deseo.
donde halaga la flor, punza la espina?
Id a gozar la suerte campesina;
¿Y será que se formen de ese modo
los ánimos heroicos denodados
que fundan y sustentan los estados?
¿De la algazara del festín beodo,
o de los coros de liviana danza,
la dura juventud saldrá, modesta,
orgullo de la patria, y esperanza?
¿Sabrá con firme pulso
de la severa ley regir el freno;
brillar en torno aceros homicidas
en la dudosa lid verá sereno;
o animoso hará frente al genio altivo
del engreído mando en la tribuna,
aquel que ya en la cuna
durmió al arrullo del cantar lascivo,
que riza el pelo, y se unge, y se atavía
con femenil esmero,
y en indolente ociosidad el día,
o en criminal lujuria pasa entero?
No así trató la triunfadora Roma
las artes de la paz y de la guerra;
antes fió las riendas del estado
a la mano robusta
que tostó el sol y encalleció el arado;
y bajo el techo humoso campesino
los hijos educó, que el conjurado
mundo allanaron al valor latino.
¡Oh! ¡los que afortunados poseedores
habéis nacido de la tierra hermosa,
en que reseña hacer de sus favores,
como para ganaros y atraeros,
quiso Naturaleza bondadosa!
romped el duro encanto
que os tiene entre murallas prisioneros.
El vulgo de las artes laborioso,
el mercader que necesario al lujo
al lujo necesita,
los que anhelando van tras el señuelo
del alto cargo y del honor ruidoso,
la grey de aduladores parasita,
gustosos pueblen ese infecto caos;
el campo es vuestra herencia; en él gozaos.
¿Amáis la libertad? El campo habita,
o allá donde el magnate
entre armados satélites se mueve,
y de la moda, universal señora,
va la razón al triunfal carro atada,
y a la fortuna la insensata plebe,
y el noble al aura popular adora.
¿O la virtud amáis? ¡Ah, que el retiro,
la solitaria calma
en que, juez de sí misma, pasa el alma
a las acciones muestra,
es de la vida la mejor maestra!
¿Buscáis durables goces,
felicidad, cuanta es al hombre dada
y a su terreno asiento, en que vecina
está la risa al llanto, y siempre, ¡ah! siempre
la regalada paz, que ni rencores
al labrador, ni envidias acibaran;
la cama que mullida le preparan
el contento, el trabajo, el aire puro;
y el sabor de los fáciles manjares,
que dispendiosa gula no le aceda;
y el asilo seguro
de sus patrios hogares
que a la salud y al regocijo hospeda.
El aura respirad de la montaña,
que vuelve al cuerpo laso
el perdido vigor, que a la enojosa
vejez retarda el paso,
y el rostro a la beldad tiñe de rosa.
¿Es allí menos blanda por ventura
de amor la llama, que templó el recato?
¿O menos aficiona la hermosura
que de extranjero ornato
y afeites impostores no se cura?
¿O el corazón escucha indiferente
el lenguaje inocente
que los afectos sin disfraz expresa,
y a la intención ajusta la promesa?
No del espejo al importuno ensayo
la risa se compone, el paso, el gesto;
ni falta allí carmín al rostro honesto
que la modestia y la salud colora,
ni la mirada que lanzó al soslayo
tímido amor, la senda al alma ignora.
¿Esperaréis que forme
más venturosos lazos himeneo,
do el interés barata,
tirano del deseo,
ajena mano y fe por nombre o plata,
que do conforme gusto, edad conforme,
y elección libre, y mutuo ardor los ata?
Allí también deberes
hay que llenar: cerrad, cerrad las hondas
heridas de la guerra; el fértil suelo,
áspero ahora y bravo,
al desacostumbrado yugo torne
del arte humana, y le tribute esclavo.
Del obstrüido estanque y del molino
recuerden ya las aguas el camino;
el intrincado bosque el hacha rompa,
consuma el fuego; abrid en luengas calles
la oscuridad de su infructuosa pompa.
Abrigo den los valles
a la sedienta caña;
la manzana y la pera
en la fresca montaña
el cielo olviden de su madre España;
adorne la ladera
el cafetal; ampare
a la tierna teobroma en la ribera
la sombra maternal de su bucare ;
aquí el vergel, allá la huerta ría...
¿Es ciego error de ilusa fantasía?
Ya dócil a tu voz, agricultura,
nodriza de las gentes, la caterva
servil armada va de corvas hoces.
Mírola ya que invade la espesura
de la floresta opaca; oigo las voces,
de insecto roedor no lo devore; sañudo vendaval no lo arrebate, ni agote al árbol el materno jugo

siento el rumor confuso; el hierro suena,
los golpes el lejano
eco redobla; gime el ceibo anciano,
que a numerosa tropa
largo tiempo fatiga;
batido de cien hachas, se estremece,
estalla al fin, y rinde el ancha copa.
Huyó la fiera; deja el caro nido,
deja la prole implume
el ave, y otro bosque no sabido
de los humanos va a buscar doliente...
¿Qué miro? Alto torrente
de sonorosa llama
corre, y sobre las áridas rüinas
de la postrada selva se derrama.
El raudo incendio a gran distancia brama,
y el humo en negro remolino sube,
aglomerando nube sobre nube.
Ya de lo que antes era
verdor hermoso y fresca lozanía,
sólo difuntos troncos,
sólo cenizas quedan; monumento
de la lucha mortal, burla del viento.
Mas al vulgo bravío
de las tupidas plantas montaraces,
sucede ya el fructífero plantío
en muestra ufana de ordenadas haces.
Ya ramo a ramo alcanza,
y a los rollizos tallos hurta el día;
ya la primera flor desvuelve el seno,
bello a la vista, alegre a la esperanza;
a la esperanza, que riendo enjuga.
del fatigado agricultor la frente,
y allá a lo lejos el opimo fruto,
y la cosecha apañadora pinta,
que lleva de los campos el tributo,
colmado el cesto, y con la falda en cinta,
y bajo el peso de los largos bienes
con que al colono acude,
hace crujir los vastos almacenes.
¡Buen Dios! no en vano sude,
mas a merced y a compasión te mueva
la gente agricultora
del ecuador, que del desmayo triste
con renovado aliento vuelve ahora,
y tras tanta zozobra, ansia, tumulto,
tantos años de fiera
devastación y militar insulto,
aún más que tu clemencia antigua implora.
Su rústica piedad, pero sincera,
halle a tus ojos gracia; no el risueño
porvenir que las penas le aligera,
cual de dorado sueño
visión falaz, desvanecido llore;
intempestiva lluvia no maltrate
el delicado embrión; el diente impío
la calorosa sed de largo estío.
Y pues al fin te plugo,
árbitro de la suerte soberano,
que, suelto el cuello de extranjero yugo,
erguiese al cielo el hombre americano,
bendecida de ti se arraigue y medre
su libertad; en el más hondo encierra
de los abismos la malvada guerra,
y el miedo de la espada asoladora
al suspicaz cultivador no arredre
del arte bienhechora,
que las familias nutre y los estados;
la azorada inquietud deje las almas,
deje la triste herrumbre los arados.
Asaz de nuestros padres malhadados
expiamos la bárbara conquista.
¿Cuántas doquier la vista
no asombran erizadas soledades,
do cultos campos fueron, do ciudades?
De muertes, proscripciones,
suplicios, orfandades,
¿quién contará la pavorosa suma?
Saciadas duermen ya de sangre ibera
las sombras de Atahualpa y Moctezuma.
¡Ah! desde el alto asiento,
en que escabel te son alados coros
que velan en pasmado acatamiento
la faz ante la lumbre de tu frente,
(si merece por dicha una mirada
tuya la sin ventura humana gente),
el ángel nos envía,
el ángel de la paz, que al crudo ibero
haga olvidar la antigua tiranía,
y acatar reverente el que a los hombres
sagrado diste, imprescriptible fuero;
que alargar le haga al injuriado hermano,
(¡ensangrentó la asaz!) la diestra inerme;
y si la innata mansedumbre duerme,
la despierte en el pecho americano.
El corazón lozano
que una feliz oscuridad desdeña,
que en el azar sangriento del combate
alborozado late,
y codicioso de poder o fama,
nobles peligros ama;
baldón estime sólo y vituperio
el prez que de la patria no reciba,
la libertad más dulce que el imperio,
y más hermosa que el laurel la oliva.
Ciudadano el soldado,
deponga de la guerra la librea;
el ramo de victoria
colgado al ara de la patria sea,
y sola adorne al mérito la gloria.
De su trïunfo entonces, Patria mía,
verá la paz el suspirado día;
la paz, a cuya vista el mundo llena
alma, serenidad y regocijo;
vuelve alentado el hombre a la faena,
alza el ancla la nave, a las amigas
auras encomendándose animosa,
enjámbrase el taller, hierve el cortijo,
y no basta la hoz a las espigas.
¡Oh jóvenes naciones, que ceñida
alzáis sobre el atónito occidente
de tempranos laureles la cabeza!
honrad el campo, honrad la simple vida
del labrador, y su frugal llaneza.
Así tendrán en vos perpetuamente
la libertad morada,
y freno la ambición, y la ley templo.
Las gentes a la senda
de la inmortalidad, ardua y fragosa,
se animarán, citando vuestro ejemplo.
Lo emulará celosa
vuestra posteridad; y nuevos nombres
añadiendo la fama
a los que ahora aclama,
«hijos son éstos, hijos,
(pregonará a los hombres)
de los que vencedores superaron
de los Andes la cima;
de los que en Boyacá, los que en la arena
de Maipo, y en Junín, y en la campaña
gloriosa de Apurima,
postrar supieron al león de España».
de tempranos laureles la cabeza!
honrad el campo, honrad la simple vida
del labrador, y su frugal llaneza.
Así tendrán en vos perpetuamente
la libertad morada,
y freno la ambición, y la ley templo.
Las gentes a la senda
de la inmortalidad, ardua y fragosa,
se animarán, citando vuestro ejemplo.
Lo emulará celosa
vuestra posteridad; y nuevos nombres
añadiendo la fama
a los que ahora aclama,
«hijos son éstos, hijos,
(pregonará a los hombres)
de los que vencedores superaron
de los Andes la cima;
de los que en Boyacá, los que en la arena
de Maipo, y en Junín, y en la campaña
gloriosa de Apurima,
postrar supieron al león de España».

Dibujos Hechos Por Bello







GLOSARIO

A
Ahonde: Averiguarlo mas recóndito de un asunto.
Apremios: Acciones de Apremiar, Apuros.
Asario: Desgracia.
Azarosa: Al Azar.

E
Ecuménica: Universal, que se extiende a todo el orbe.
Efigies: Imágenes, figuras o retratos.
Equidad: Propensión a dejarse guiar por la conciencia o por el deber antes los preceptos rigurosos de la ley.
Erudición: Instrucción en varias ciencias, artes y otras materias.
Erudito: Instruido en varias ciencias, artes y otras materias.
Escribanía: Caja portátil con misión de escribir, que usaban los escribanos y escolares.
Estío: Entre el solsticio de verano y el equinoccio de otoño.
Estoica: Fuerte ante la desgracia.
Exilio: Destierro de su tierra.

F
Falsías: falsedad, deslealtad.
Filólogo: Persona versada en el estudio de un idioma o lengua.

I
Influjo: Influencia.
Insuflo: Soplo.

L
Lastre: Piedra.
Lingüistas: Personas versadas en el estudio comparativo y filosófico de las lenguas.

M
Menesterosos: Necesitados.

N
Neoclásico: Partidario de él.
Neogranadino: Natural de Nueva Granada, hoy Colombia.
Nogal: Madera de este árbol, de color pardo oscuro.

P
Paltó: Saco o chaqueta.
Patético: Sentimientos melancólicos, tristes o dolorosos.
Postguerra: tiempo inmediato a la terminación de una guerra y durante el cual aun se sufre sus consecuencias.

R
Raído: Gastado.

S
Secundar: Ayudar.
Sofismas: Razón aparente o argumento falaz.
T
Testero: Fachada principal.
Tetis: Diosa del mar, en la griega.
Turbas: muchedumbres.

V
Vastedad: Anchura.
Vitalicio: Cargo que dura desde que se obtiene hasta el fin de la vida.



BIBLIOGRAFIA

Bello, Andrés                         Poemas y Silvas
                                            Ediciones Publimedia, C.A.
                                            Caracas, 1986

Editorial Andrés Bello             Enciclopedia de Venezuela
                                            Tomo VIII
                                            Barcelona, 1973

Ortega Pellón,                        Pasando por el Olvido.
Francisco de Sales                  Editorial Multicolor, C.A.
                                             Mérida, 1977

Sánchez G. L.                         Homenaje al Libertador
                                             Diario La Nación,
                                             San Cristóbal

Uslar Pietri, Arturo                  En Busca del Nuevo Mundo
                                             Fondo Cultural Económico
                                             México, 1969

Villazán y Carrillo, Francisco     Revista fascinación No. 58
                                              Diario 2001 No. 5061
                                              Santiago de León, C.A.
                                              Caracas, 1987

INDICE

Prologo………………………………………..
Introducción……………………………………
Biografía………………………………………
Poemas y Silvas
El Vino y el Amor……………………………….
El Arauco………………………………………
Mis Deseos……………………………………..
Alocución a la Poesía…………………………….
La Burla del Amor……………………………….
Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida…………….
Dibujos de Bello………………………………….
Glosario…………………………………………
Bibliografía………………………………………





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